El Ser y la Eternidad
Para comenzar, es necesario cuestionar quién —o qué— es aquello que entra en el estado eterno. Cuando pronunciamos la palabra “yo”, surge de inmediato una ambigüedad difícil de resolver: ¿a qué nos referimos realmente? Ese “yo” puede aludir al cuerpo, a la personalidad, a los pensamientos o a una historia personal construida con el tiempo. Sin embargo, ninguna de estas definiciones resulta definitiva.
Afirmar “yo entro en la eternidad” es problemático, pues presupone que conocemos la naturaleza del yo, cuando en realidad este suele ser una construcción cambiante, condicionada por el tiempo, las circunstancias y la memoria.
El lenguaje, al intentar describir estas experiencias, se vuelve limitado. Aquello que pertenece a lo eterno no puede ser contenido plenamente por palabras, que son, en esencia, temporales. Aun así, el mensaje debe transmitirse, aunque sea de forma indirecta o simbólica.
Quien verdaderamente entra y sale de una dimensión a otra no es el yo psicológico, sino el Ser. Este concepto, presente en múltiples tradiciones filosóficas y espirituales, no define una forma ni una identidad fija, sino una esencia. Su amplitud permite que cada individuo lo comprenda desde su propia experiencia interior.
El Ser puede entenderse como el principio fundamental de la existencia: lo más básico, esencial y real de cada individuo en el universo. No pertenece al tiempo; no nace ni muere. Es aquello que permanece cuando todo lo demás cambia. Identificarse con el Ser implica una transformación profunda de la percepción de la vida y de uno mismo.
Durante la existencia ordinaria, el ser humano se identifica casi exclusivamente con el yo. En un momento cree ser una profesión; en otro, un estado emocional; luego, un género, un rol familiar o una posición social. Estas identificaciones surgen y desaparecen constantemente, tomando control de la atención, del cuerpo y de la energía vital.
Sin embargo, ninguna de estas formas define lo que realmente somos. Son máscaras temporales que cumplen una función en el mundo, pero que no constituyen nuestra esencia. La distancia entre estas identificaciones y el Ser es amplia, y suele pasar desapercibida.
“Regresar al Ser” ha sido expresado, en numerosas tradiciones, como “regresar a Dios”. Esta idea, sin embargo, suele interpretarse como un acontecimiento futuro: el día de la muerte, el fin del mundo o una recompensa posterior. En realidad, no se trata de esperar, sino de despertar. No es un evento que ocurre en el tiempo, sino una experiencia que solo puede vivirse en el presente.
Retornar al Ser requiere un estado de atención consciente continuo, momento a momento, libre de la identificación automática con pensamientos, emociones y expectativas. No basta con una conducta moral ni con creencias; se trata de un cambio radical en la forma de percibir la realidad.
El acceso a este estado se facilita mediante la observación consciente del presente. Para ello, es necesario establecer un punto de apoyo que ancle la atención: la respiración, los latidos del corazón, un sonido externo o incluso un sonido interno. Este punto no es el objetivo final, sino un medio para estabilizar la conciencia.
Cuando la atención se sostiene, comienzan a surgir pensamientos, emociones y sensaciones que intentan arrastrar nuevamente a la mente hacia el tiempo. La práctica no consiste en combatirlos, sino en observarlos sin identificarse. Al ser vistos con claridad, pierden fuerza y se disuelven por sí mismos.
En este proceso, todo aquello que pertenece al tiempo debe ser abandonado: el afán, la expectativa, el deseo de resultado. No se trata de llegar a ningún lugar, sino de estar plenamente presente.
Dependiendo del grado de concentración y del estado interior del practicante, pueden manifestarse distintos niveles de profundidad. En algunos casos, se experimenta una plenitud silenciosa mientras el cuerpo permanece despierto. En otros, el cuerpo entra en reposo y la conciencia se mantiene activa, dando lugar a una realidad distinta, visual y sonora, a la que muchas tradiciones llaman el mundo astral o el mundo de los sueños conscientes.
Estas experiencias no son uniformes ni universales. Cada vivencia es personal e intransferible, y el conocimiento que surge de ellas no puede ser completamente traducido en conceptos. Sin embargo, pueden influir de manera decisiva en un proceso auténtico de trascendencia interior.
Por esta razón, es fundamental desarrollar criterio propio. Las opiniones externas siempre estarán filtradas por el estado psicológico de quien las emite. Algunos reducirán estas experiencias a simples fenómenos mentales; otros las negarán o las clasificarán según sus creencias. Ninguna de estas interpretaciones puede sustituir la experiencia directa.
Lo atemporal resulta difícil de asimilar para la mente condicionada por el tiempo. Incluso para quien lo ha experimentado, puede ser complejo regresar a ese estado mediante la memoria. No obstante, una vez reconocido, el Ser permanece siempre presente de forma intuitiva, silenciosa y profunda, más allá de toda forma, nombre o explicación.